18.05.2026

Lo que sembramos, lo que somos: Fernando Naranjo (Icafe, Costa Rica)

Por Fernando Naranjo*, presidente de Icafe de Costa Rica.

El amanecer llega antes en las montañas. Lo sé porque llevo toda mi vida despertándome cuando el cielo aún duda entre la noche y el día, cuando la niebla abraza los cafetales como si quisiera protegerlos del mundo.

Soy productor de café en Costa Rica. No es solo un oficio. Es lo que soy.

Mi abuelo plantó las primeras matas en esta ladera de tierra rojiza, con ese color entre amarillo y naranja que tienen los suelos buenos de estas montañas, los que guardan la humedad justa y devuelven lo que uno les da. Me contaba que cuando hundió las primeras semillas en el suelo, sintió que estaba haciendo un pacto con la tierra, que le prometía cuidarla si ella le prometía vida. Décadas después, yo camino entre esas mismas plantas —algunas renovadas, otras con troncos gruesos como la historia— y entiendo exactamente de qué hablaba.

Mi padre me puso una canasta en las manos cuando tenía ocho años. Sin mayores palabras, me mostró los frutos rojos entre el follaje y se dispuso a hacer lo mismo que me estaba enseñando. Aprendí que el café no se le explica a nadie: se vive.

Pero nadie cuenta los sacrificios.

Cuando la temporada de lluvias llega tarde, la planta no tiene la capacidad para llenar sus granos: le falta el agua, le falta la nutrición, y la cosecha que uno soñaba se queda a medias. Los precios del mercado internacional que suben y bajan como marea, ajenos a todo el sudor que hay detrás de cada quintal. Hubo un año —no lo voy a olvidar— especialmente duro. La productividad no había acompañado, y para empeorar las cosas, habíamos apostado por producir café orgánico, convencidos de que ese camino merecía un precio justo. Hicimos el trabajo: los cambios en el manejo, la certificación, el esfuerzo extra que nadie ve. Pero el precio que nos ofrecieron no alcanzaba a cubrir lo invertido, ni de lejos. Mi familia y yo nos miramos a la mesa sin decir nada. Habíamos creído en algo y el mercado nos respondió con indiferencia.

Pero al día siguiente volví al cafetal.

Siempre se vuelve.

Porque hay algo que el mercado no puede fijar en precio: el olor de la floración. En Costa Rica, cuando el cafeto florece después de la primera lluvia seca, el aroma que suelta es el perfume más honesto del mundo. Jazmín mezclado con tierra mojada y promesa. Mis hijos y mis nietos también lo conocen ya. Los he llevado al cafetal en esas mañanas para que lo guarden en la memoria, como yo lo guardo, como lo guardó mi padre.

La tierra aquí tiene su propio carácter. Las laderas, la altura, la nubosidad exacta que el cielo regala casi a diario: todo conspira para dar al grano una acidez brillante, un cuerpo limpio que los compradores del mundo reconocen como costarricense desde el primer sorbo. Eso no se inventa. Se hereda y se cuida.

Cuando llega el tiempo de la recolecta, mi trabajo culmina en un acto que para mí tiene algo de sagrado: reunir las entregas de café maduro y llevarlas al beneficio de la cooperativa. Entrego mi café en fruta porque confío en manos que comparten mi mismo propósito. Soy cooperativista, y eso no es solo una condición legal ni un trámite administrativo: es una convicción.

La cooperativa es la extensión de la finca. Es el lugar donde mi esfuerzo individual se une al de mis vecinos, al del productor del lote de arriba y al de la familia que cultiva el cafetal del otro lado del río. Juntos negociamos lo que solos no podríamos. Juntos sostenemos el beneficio, la maquinaria, el conocimiento. Juntos llegamos a mercados que ninguno de nosotros alcanzaría por cuenta propia. Hay una dignidad particular en eso: saber que no estás solo frente al mundo.

El beneficio recibe mi cereza, la procesa con cuidado, la convierte en el café de calidad que lleva el nombre de esta región al mundo. Yo no necesito hacer ese camino solo. Lo hace la cooperativa por todos nosotros, y eso me permite concentrarme en lo que mejor sé hacer: cuidar mi tierra, cuidar mis plantas, cosechar con honestidad.

No soy rico. Soy heredero de una tradición y de una convicción. Soy cafetalero. Soy amante de la tierra. Tengo con ella un vínculo que no se escribe en ningún documento pero que se siente cada vez que las manos tocan el suelo rojizo, cada vez que los ojos siguen el vuelo de la niebla entre los cafetales al amanecer.

Pero cada año, cuando hago mi última entrega de cerezas maduras en el beneficio y el colaborador de la cooperativa mide el volumen y me extiende el recibo —ese papel que certifica que mi café ya está en manos de la cooperativa, que cumplí con mi parte del trato— siento algo que el dinero no compra: la certeza de haber hecho bien lo que me tocó hacer. De haber sido fiel a la tierra, a la familia y a los compañeros que, como yo, apostaron por trabajar juntos.

Mi abuelo hizo un pacto con esta tierra rojiza y generosa. Mi padre lo honró. Yo lo honro, como cooperativista y como productor.

Y mis hijos y mis nietos ya saben dónde está la canasta.

*Fernando Naranjo Retana, además de ser presidente de Icafe de Costa Rica, es cafetalero (Tarrazú, Costa Rica), miembro del consejo directivo Promecafe e impulsor del Modelo Origen.